EDITH STEIN


La figura de Edith Stein sigue provocando la admiración de toda índole y condición. La última aproximación a su vida y obra acaba de ver la luz con la edición de un libro sobre la santa escrito por Verónika Klepper. La autora participó el día 9 de diciembre del pasado año 1998 en una mesa redonda sobre Edith Stein que se celebró en la Facultad de Filosofía y Teología de Barcelona. Os presentamos la conferencia que dictó ese día.


¿Quién era Edith Stein?

Conocemos la cronología de su vida, su curriculum vitae. Judía, alemana, destacó desde temprana edad por sus dotes intelectuales, se doctoró en filosofía (discípula de Husserl y de su escuela fenomenológica), agnóstica, se convirtió al catolicismo en febrero de 1922, en octubre de 1933 entró en el Monasterio de las Carmelitas Descalzas de Colonia y muere el 9 de agosto de 1942 en las cámaras de gas de Auschwitz (como miles y millones otros).

Mujer, intelectual, atea, Carmelita, santa.

1. Pero ¿quién era Edith Stein?

Quisiera asomarme un poco a su espíritu, a su interioridad, a sus luces y sombras. Porque santidad no significa perfección y las sombras de los santos nos dicen tanto como sus luces. Porque santidad significa acceder a Dios desde dentro de cada circunstancia, en cada momento en entrega plena y acogida libre. Ahí radica para mí el valor de Edith Stein: vivió, asumió su tiempo e historia, vibró con "su" mundo que le tocaba vivir en cada etapa:

Pero también éstos son datos externos, aunque revelan algo del dinamismo de su espíritu.

2. Afectividad.

A los 2 años Edith queda huérfana de padre. Ahora la madre se convierte en el centro de la vida familiar y toma las riendas del negocio que pronto prospera. Edith crece en este ambiente de calor de familia, observancia religiosa estricta, prosperidad económica, pero sin la presencia afectiva y protectora del padre. La madre domina el horizonte familiar y será para toda su vida causa de alegría y sufrimiento. De niña Edith es asustadiza, fácilmente impresionable. Excelsa por sus logros intelectuales ya en la escuela. Con disciplina intelectual, tesón, cree poder encontrar éxito y fama. El fuerte acento en el voluntarismo, tan arraigado en el pueblo alemán, más aún en el prusiano, reza "todo se puede con tal que se quiera". Herencia conductual-mental-colectiva también en Edith.

Entonces choca contra limitaciones interiores a nivel afectivo. Sufre episodios de desánimo, de apatía, instantes de depresión. Tiene sueños de accidentes que la librasen de todo este desespero de la vida. Una intoxicación de gas de estufa, de la que se salvó la hace exclamar "¡porqué no me han dejado en esta quietud!" Estas crisis entre los 17 y 21 años no las confía a nadie (sólo manifiesta algo en las cartas a su amigo Roman Imgarden). Ella misma no parece tener plena conciencia de su afectividad y busca solucionar todo a través del intelecto. Cada idea nueva la cautiva y se sumerge con entusiasmo, hasta quedar defraudada porque descubre nuevos límites, encuentra frenos, falta de anchura, de profundidad. De vez en cuando su desierto afectivo florece cuando un encuentro a nivel humano espolea su mente y su corazón. Adolf Reinach, el que más tarde muere en la Primera Guerra Mundial, es uno de los que han sabido activar el espíritu de Edith, tanto por su ciencia como por la bondad del corazón. Más de una vez Reinach la saca de un atasco en sus estudios. Cuando muere, Edith cae en una crisis profunda. La muerte le enseñó los límites de la filosofía, que no desvela el sentido de la vida, ni consuela, ni siquiera explica. En Reinach había visto que la bondad de corazón protege a la inteligencia para que no se vuelva estéril, distante y mezquina. Pero, ¿qué es la bondad? ¿Quién la enseña, la educa? ¿Qué ciencia se ocupa de ella? Preguntas que quedarían flotando en el transfondo de su ser.

Cuando Edith va a casa de la joven viuda espera encontrarse con una mujer deshecha, destruida por el dolor y la misma incomprensión que envuelve y paraliza a ella. ¡Cuánto más le sorprende encontrarse con Anne Reinach dolida, pero radiante! ¿Qué extraño misterio le da la fuerza para no sucumbir al desconsuelo? Entonces Anne Reinach le habla de su conversión, de su fe, de Jesús. Que la muerte no ha sido en vano aunque la inteligencia calla. Que la cruz de Jesús es aliento de vida y fuerza para aceptar la muerte de su esposo. El testimonio de Anne Reinach cala en la hondura de su ser donde se va gestando la última etapa en su proceso de conversión. De sus luchas interiores de esa época escribe: "Durante el año 1920 se me quemaba el suelo bajo los pies en Breslau. Me encontraba en una crisis interior que en mi familia nadie advertía, y que no podía resolver en casa. La salud me iba mal, probablemente por las luchas interiores que sufrí en secreto y sin ayuda de nadie".

3. Conversión y vida nueva.

En casa de su amiga Hedwig Conrad-Martius en la ciudad de Berzabern, Alemania, encuentra por fin la respuesta que da el giro definitivo a su vida. Una noche le cae en mano el Libro de la Vida, de Santa Teresa de Jesús. Cuando amanece, también sale para Edith un nuevo sol. "Yo me puse a leerlo y de golpe quedé cautivada y no me detuve sino hasta el final. Cuando cerré el libro, me dije: aquí está la verdad". La lectura nocturna borraba la distancia de tiempo y espacio que medía entre las dos mujeres, filósofa alemana la una, mística española la otra, judías ambas. Por cierto fue una noche santa que llevó a Edith a las mismas fuentes de su propio ser. en la autobiografía espiritual de Teresa encontró el eco a los movimientos de su propio corazón que buscaba a oscuras entregarse sin medida y no sabía cómo, ni dónde, ni a quién. La empatía espiritual y humana con la gran mística del siglo XVI abrió las fuentes profundas de las fuerzas que habían dirigido su búsqueda incansable. El misterio de la vida de una tocó el misterio de vida de la otra y selló a ambas para siempre. Para Edith está decidido: bautismo y entrada en el Carmelo.

Edith fue siempre muy reservada sobre su vida espiritual. Pero al leer sus obras uno encuentra la puerta a su interioridad. En su obra Ser finito y ser eterno, por ejemplo, escribe: "La esencia del alma es estar abierta hacia dentro. Cuando el yo vive en el fondo de su ser, allí, donde encuentra su pertenencia de hogar, entonces percibe algo del sentido del Ser, la fuerza concentrada de la cual participa. Y cuando vive desde allí entonces vive a plenitud y alcanza la cima del ser y el contenido del Ser se le hace consustancial, carne y sangre dentro de uno mismo y es fuete inagotable de fuerza y vida". "El centro verdadero de la vida y del interior del alma es el corazón". "Relación de sentido es entonces relación de efecto" (páginas 402-403). Es nada más y nada menos que una experiencia mística de unión que vibra a través del texto filosófico.

La conversión de Edith no añade nada nuevo a lo que ella ES, sino despierta el potencial latente que desde siempre ha dirigido su vida. El encuentro con Dios, con Jesús en la intimidad de su ser provoca una transformación múltiple en ella:

Una vez encontrado el AMOR se entrega sin medida, en alma y cuerpo.

Muchas veces se ha subrayado la faceta sufriente de su vocación, de "reparación", "expiación", que ciertamente ella aceptó con plena conciencia y voluntad. Pero no hay que olvidar que su entrega y sacrificio no nace de ningún "sentimiento trágico de la vida", no fue búsqueda de "sangra de mártir", ni atracción fatal del abismo. Su vida, particularmente desde su conversión sólo cobra sentido en su entrega al AMOR, ciertamente crucificado pero resucitado. "Gracias a la reciprocidad y conjunción de la libertad divina con la humana es posible estar ante Dios, y a uno le es dado la fuerza de estar ante Él por todos, uno para todos, todos para uno.", escribe ella.

Su vocación auténtica era la santidad, encima de su vocación filosófica. Cuando encontró el norte de todas las fuerzas de su mente y corazón, las tensiones interiores dieron paso a la paz. "Sólo Dios es capaz de acoger la entrega plena de una persona", dice.

Para Edith la "solución final" se esconde en la donación libre de la propia vida por los demás. Vivir la dimensión eucarística hasta las últimas consecuencias del amor, con-figurarse con Jesús crucificado y resucitado. Se identifica con la reina Ester del Antiguo Testamento. "Confío en que el Señor reciba mi vida por todos. Muchas veces pienso en la reina Ester que fue escogida para estar ante al rey en lugar de su pueblo. Soy una Ester muy pobre e impotente, pero el rey que me ha escogido es infinitamente grande y misericordioso".

En el amor sin límite del crucificado y resucitado encontró Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz, la plenitud de los anhelos más profundos de su amor. En la cámara de gas entró en el umbral de la eternidad donde lo divino y lo humano se confunden en el abrazo infinito del amor.

 

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