UN  DIOS DE MISERICORDIA

Las primeras líneas de la Biblia nos hablan ya de un Dios a quien le gustaba pasear con el hombre.

El ser humano en su andadura a través de los siglos, ha ido vislumbrando retazos de “Alguien” que está por encima de él, que es todopoderoso, que está a la base de todo lo creado. Siente temor ante tanta grandeza y fuerza, pero poco a poco va descubriendo que es un Dios dialogante, que se interesa por la persona, que quiere entablar amistad con ella, comunicarse, volcarse hacia esta criatura que es obra de sus manos y por la cual, en la plenitud de los tiempos, es capaz de enviarle a su Hijo amado, “su predilecto”, en quien se complace.

Amor gratuito, puro don,  porque:   ¿Que es el hombre para que te acuerdes de él ? (Salmo 8)

 

Cuando el amor es verdadero no puede quedar encerrado en sí, estalla y se vuelca sobre el otro para hacerle bien, para darle, para “darse”.

Esta experiencia de relación íntima y profunda entre Dios y la persona es la que hace que esta descubra que no está vacía por dentro, sino que está habitada.

Decía  Sta. Teresa, que nuestra alma es como un castillo “con muchas moradas....y en el centro y mitad de todas estas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma (1M 1,3), y que esta no es sino

 

“un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites”(1M 1,1).

 

A medida que vamos avanzando en nuestro diálogo interior con Él, se nos va abriendo un horizonte sin límites, se nos descubre la grandeza y belleza de nuestro ser.

Teresa experimentó en ella esa grandeza interior y la expresó con el símil de un 

“...castillo todo de un diamante o muy claro cristal....” (1M 1,1)  

Los santos han sido personas a quienes Dios se les ha cruzado en el camino y les ha mostrado sus tesoros ocultos. Esos tesoros que ellos no han podido encerrar dentro de sí y que “por necesidad” han gritado al mundo abrasados por el fuego del amor. “ ¡ Oh llama de amor viva,/ que tiernamente hieres/ de mi alma en el más profundo centro...!”(Poesías de S. Juan de la Cruz).

Ellos han sido los que con más claridad han penetrado en el pecado y la miseria de la condición humana, porque han contrastado la grandeza de Dios y su pequeñez, pero también han experimentado la gran misericordia y benevolencia de un Dios que abre sus brazos para envolvernos con su ternura

 

Si S. Pablo nos dice que donde abundó el pecado más desbordante fue la gracia, Teresa siente que la misericordia de Dios es más fuerte que su pecado. “Primero me cansé de ofenderle que Su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias, no nos cansemos nosotros de recibir” (V 19,15).

Juan de la Cruz en Cántico Espiritual al comentar la canción treinta y tres dice: “Acordándose, pues, el alma aquí de todas estas misericordias recibidas y viéndose puesta junto al Esposo con tanta dignidad, gózase grandemente con deleite de agradecimiento y amor...”(C33,2)

Teresa de Lisieux en una época en la que el jansenismo había dejado sus secuelas, y en la que dentro de la Iglesia las almas generosas se ofrecían para aplacar la justicia de Dios y atraer sobre sí los castigos reservados a los culpables, ella se ofrece al “amor misericordioso” (Historia de un alma C.VIII Fol.84rº).Confía plenamente en la misericordia de Dios que es “Padre”, experimenta que la verdadera grandeza estriba en hacer pequeños ante Él  “Si no os hacéis como niños....”, pequeñez que no es infantilismo sino reconocimiento profundo de que solo el que se deja conducir por Dios sabiendo que solo de Él puede sacar las fuerzas, alcanzará la meta a la que ansía llegar.

Con ella decimos

  " ¡ Oh Jesús! sé que el amor sólo con amor se paga." (Ms B Fol. 4 rº).

 

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